domingo, 31 de enero de 2010

Putos domingos

Me duele.
Y sigo cansado y solo.
En este puto domingo
de nostalgia indeseada.
Será la inminente llegada del lunes
con su carga ineludible de rutina.
O la desazón por haber perdido el sábado,
lastrado por la resaca de otro viernes
de marcha vacía.
Y me resisto a hacer cosas tan sólo para evitar pensar.
Y decido escapar y cojo las llaves del coche
pero salir, no me apetece.
Huyo. Y reconocerlo hace que todo resulte una farsa.
Y no quiero ser un farsante. Y no salgo.
Y me recuesto en el sofá y me agarro
como última esperanza de redención
al mando de la tele.
Y me visitan los fantasmas del pasado
y las dudas sobre el futuro.
Y no quiero reconocer que me siento solo.
Y hasta finjo que me interesa la mierda de película que miro.
Y sueño. Y lloro.
Y sigo cansado y solo.
Y mientras esta estúpida ceremonia se adueña del tiempo,
el día se apaga lentamente.
Y el puto domingo se marcha inexorable.
Y me duele.

Yesmen

En la moderna ciencia del management se denomina "yesmen" a los trabajadores que se limitan a seguir las instrucciones de sus jefes o sus empresas sin cuestionarse ninguna decisión, tomar iniciativas o aportar posibles mejoras. Claro que no todos los yesmen son iguales. Después de algunos años de experiencia he podido construir este cuadro de tipologías:

1.- El lameculos (assholekisserman). El tradicional pelota. Conocedor de sus limitaciones, el lameculos se pasa la vida intentando agradar al jefe para conseguir sus favores. Muchos logran sus objetivos y alcanzan puestos de relevancia en la organización.

2.- El simplón (simplemindman). A este le da igual ocho que ochenta. El trabajo es puramente alimenticio. Hace lo que le piden y al final de la jornada desconecta con facilidad pasmosa y se va a casa libre de turbadores pensamientos. Suelen despertar un extraño sentimiento de complicidad en sus jefes.

3.- El desencantado (nowayman). El excombatiente. Antaño, un entusiasta defensor de causas pérdidas se ha convertido en un simplón, aunque revestido de cierta amargura y resentimiento. De cuando en cuando sufre brotes de su antiguo furor incendiario pero la llama se apaga pronto.

4.- El realista (familyman). Le gustaría quejarse, protestar, defender con más vehemencia sus derechos, pero tiene una familia que mantener y una hipoteca que pesa como una losa o... al revés.

5.- El riguroso (honourman). Un profesional como la copa de un pino. El cumplimiento del deber, su deber, es su guía. Le preocupa dar ejemplo, su ejemplo. Un tipo serio y responsable, metódico y tenaz, aunque nada creativo e incapacitado para innovar.

6.- El parásito (suckingman). Vive del cuento. Sus virtudes más reconocidas son su habilidad para el escaqueo y su maestría traspasando marrones. Como el lameculos, suele prosperar en la empresa.

Podemos divertirnos encasillando a nuestros jefes y compañeros en alguna de estas tipologías. Resulta un ejercicio sencillo y reparador. Pero las risas cesan si intentamos catalogarnos a nosotros mismos. Entonces aparecen los matices y las zonas grises. Surgen las justificaciones y las excusas. Y un cierto regusto amargo se apodera de nuestra conciencia.
No existen los puros de espíritu que nunca desfallecen, siempre valientes, íntegros, firmes ante la injusticia e insobornables material o emocionalmente.
No es la pretensión de este artículo, fustigar a los yesmen. Es más, la mayoría son héroes anónimos que a lo largo de los siglos han contribuído al sostenimiento de este tinglado.
La pregunta es si nos gusta ese tinglado, si queremos mantenerlo tal cual está. Podemos intentar cambiar lo que tenemos más cerca. Hallaremos complicidades que no imaginábamos. Y se endulzarán de nuevo nuestras almas.

Humildemente tocapelotas

Alguien dijo que hay dos clases de personas, las que preguntan por qué y las que jamás preguntan nada.
Claramente las primeras, incomodan al poder mucho más que las segundas.
Muchos adultos se zafan del agobiante acoso de un niño preguntón con respuestas terminantes como "porque sí" o "porque lo digo yo, ¡coño!". El niño preguntón pronto descubre que calladito está más guapo y que la vida resulta mucho menos complicada, si deja que otros piensen por él.
En tiempos no tan remotos, los gobernantes fueron igual de sutiles que esos adultos abusones y apelaron a la fuerza o a una supuesta superioridad moral para sacudirse a los molestos preguntones tocapelotas. Más tarde, cuando decayó el glamour de las hogueras, idearon otros sistemas más sofisticados y crearon opinión acaparando medios de comunicación y forjando ideólogos a sueldo, a los que revestían de un aparente rigor intelectual.
Hoy ganan por goleada los que nunca preguntan.
Vivimos en un mundo en el que unos pocos gestionan las causas y una masa acrítica y resignada padece los efectos. Esa masa se comporta como el niño adaptado al que le arrebataron el ansia por conocer.
Fue Goethe el que afirmó que "no existe peor esclavitud que la de aquellos que se creen libres sin serlo".
Los poderosos, previo generoso reconocimiento de que algunas causas producen consecuencias indeseadas, permiten a algunos espíritus rebeldes gestionar esos efectos y hacerle un favorecedor lifting al sistema. La enfermedad persiste, pero el paciente agoniza guapo y aparentemente rejuvenecido. Se genera la ilusión del cambio pero en esencia todo sigue igual.
Pensemos en las políticas de la ONU para el desarrollo. Son un conjunto de medidas paliativas que no remueven las causas del subdesarrollo sino se limitan a aliviar el sufrimiento que producen. Innumerables ONGs actúan con parecida filosofía. Acuden en ayuda de los más necesitados pero se declaran apolíticas.
El discurso sobre los derechos humanos repite este esquema. Amnistía Internacional, por ejemplo, denuncia su incumplimiento sistemático o contribuye a que no se produzcan violaciones concretas de los mismos pero no se interroga sobre las causas que impiden su aplicación universal. Si se implicasen políticamente perderían libertad de acción y probablemente no podrían seguir desarrollando su labor. Pero su conformismo los convierte en cómplices involuntarios del sistema.
La Iglesia es especialista en gestionar efectos. Lo que ocurre es que a diferencia de la ONU o las ONGs conoce el funcionamiento de este tinglado y se aprovecha de él. Construye argumentos de fe y de autoridad para controlar las conciencias, y mientras su jerarquía se autoproclama portadora de la verdad revelada y la pone al servicio de los poderosos, un ejército de fieles bienintencionados reparte sopa boba en los conventos. Los que osan ir más allá y defienden la opción de la iglesia por los pobres, son excomulgados o severamente reprendidos.
Hay, sin embargo, esperanza. La humanidad siempre ha avanzado poniendo en solfa los valores aceptados acríticamente.
La principal contribución que modestamente podemos realizar para seguir avanzando es no dejar de preguntar. Seguir siendo unos tocapelotas.

¿Por qué lo llaman amor...?

daños colaterales = matanza indiscriminada de civiles
guerra contra el terrorismo = coartada para recortar derechos civiles
tercera vía = socialismo para ricos
sospechoso de terrorismo = 42 días en el limbo jurídico
mejorar la competitividad = jornada de 65 horas
recuperar el centro = cambiar de estrategia hasta llegar al poder
liberalización económica = barra libre para los especuladores
intervencionismo estatal = freno a la libertada de mercado si favorece a los pobres
intervencionismo estatal = mal menor si protege a los ricos

Otra economía es posible

Bienestar vs Crecimiento
Mercados reales vs Especulación
Planificación vs Cortoplacismo
Control vs Desregulación
Inversión pública vs Déficit Cero
Estado vs Corporaciones
Protección social vs Recortes de derechos
Consumo responsable vs Consumismo
Responsabilidad vs Impunidad
Transparencia vs Opacidad