Pero lo cierto es que si introducimos criterios de eficiencia o de coste en términos monetarios, políticos o sociales, el dogma se resquebraja. Las afirmaciones que se hacen a continuación forman parte de la ideología liberal que tiene su expresión más clara en el denominado Consenso de Washington con su letanía de privatización, desregulación y recortes o se apoyan en la evidencia estadística o empírica.
Para los defensores de la doctrina del crecimiento resulta irrelevante que el crecimiento del PIB aumente las desigualdades entre ciudadanos del mismo país o condene a la pobreza a la mayor parte de la población del planeta.
No importa que suponga la destrucción del medio ambiente y comprometa la supervivencia de generaciones futuras.
Es baladí que en aras del crecimiento se cuestionen derechos sociales y que la educación o la sanidad públicas se pongan en peligro por recortes en su financiación.
No es cuestionable que aumente la precariedad laboral y la inseguridad de los trabajadores y disminuya su poder adquisitivo.
Resulta intrascendente que el crecimiento se haga a costa de un consumismo irresponsable impulsado por el endeudamiento descontrolado de las clase medias y bajas.
No es significativo que conlleve una concentración empresarial que comprometa la independencia de los estados o la calidad democrática en la toma de decisiones políticas, intensificada, además, por procesos de privatización que suponen de hecho el traspaso de servicios estratégicos a monopolios privados.
No merece consideración que el crecimiento se apoye en el desarrollo desmesurado de ciertos sectores, espoleado por la esperanza de enormes beneficios a corto plazo, como el sector inmobiliario en connivencia o en alianza con el sector financiero (burbujas especulativas), en perjuicio de la necesaria diversificación sectorial o productiva que atenúe los riesgos derivados de caídas en la demanda.
Más desigualdad y pobreza, deterioro medioambiental, recorte de derechos y prestaciones sociales, menor estabilidad y creciente inseguridad en el empleo, reducción de la capacidad adquisitiva y endeudamiento desorbitado de las clases medias y bajas, influencia creciente de las corporaciones y pérdida de calidad democrática en las decisiones políticas, hipertrofia del sector financiero, y pérdida de importancia de la economía productiva en el tejido económico....
En lo que si ha sido verdaderamente eficaz el neoliberalismo, es en conseguir un aumento importante de los beneficios y las tasas de ganancias del capital. De hecho surgió en lo años ochenta del pasado siglo como una reacción frente a la disminución progresiva de los beneficios empresariales en las décadas anteriores.
Por qué, entonces, es inexistente o muy débil la oposición social al dogma del crecimiento.
Varios son los factores que lo explican.
El primero es la práctica adhesión de las izquierdas de la mayor parte de las democracias occidentales y a partir, fundamentalmente, de la caída del muro de Berlín, al credo económico liberal dominante, y que ha tenido su máxima expresión en la llamada tercera vía del laborismo británico. Esta pérdida de identidad de las izquierdas es la que motiva, por otra parte, que las opciones políticas conservadoras sigan manteniendo o incluso amplíen sus cuotas de poder en un escenario de crisis provocado precisamente por la aplicación de los principios económicos e ideológicos que siempre han defendido.
El segundo, la falsa sensación de mayor riqueza que las amplias facilidades crediticias favorecidas por bajos tipos de interés han provocado en numerosas capas de la población. Esa ilusión de riqueza intensificada por la promoción de la cultura consumista y el individualismo, ha hecho menos reconocible la creciente pérdida de poder adquisitivo y progresiva disminución de derechos que esas capas poblacionales han sufrido.
Y el tercero, la práctica ausencia de voces disidentes de la ortodoxia económica en los medios de comunicación social más influyentes, controlados, en su mayoría, por las grandes corporaciones empresariales, en contraste con la abrumadora presencia de sus defensores.
La caída del muro de Berlín supuso para las derechas la aniquilación de la lucha de clases el fin de la historia. Sin embargo, la gran recesión que sufrimos actualmente, y que constata básicamente el fracaso de las políticas neoliberales, no ha provocado un cuestionamiento radical de las mismas. Antes al contrario se ha intentado salvaguardar el funcionamiento del sistema protegiendo a los causantes del desastre con rescates multimillonarios. Siguen vigentes las mismas consideraciones negativas que se hacían antes de la crisis sobre el aumento del déficit o el gasto públicos y continúan teniendo especial resonancia las voces favorables a los recortes de derechos sociales y laborales. Todo ello en un escenario radicalmente diferente al que existía antes de la crisis y que exigiría también , por tanto, soluciones diferentes.
Y es que resulta evidente que si no se genera una respuesta ciudadana contundente frente a la actual situación, nada va a cambiar.
Sólo caben dos alternativas: esperar que la crisis termine por aniquilar a las clases más desprotegidas y a lo que queda de las clases medias o pasar a la acción y evitar con protestas masivas y mensajes claros de la ciudadanía a los gobernantes, que se culmine el desmantelamiento del estado del bienestar que tanto anhelan los poderosos.
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