El primer grupo lo conforman los especuladores. Especular es en una de las acepciones que recoge la RAE, "Procurar provecho o ganancia fuera del tráfico mercantil". Es lo que han venido haciendo en los últimos tiempos, un buen número de entidades financieras e inversores aprovechando una burbuja especulativa que no respondía a la lógica del mercado. Stiglitz, afirma que habría que quemarlos. Recientemente, se nos ha hecho creer que mantienen un pulso con los gobiernos pero en realidad los gobiernos han sido cómplices de los especuladores todos estos años.
Y es que los los gobiernos (los conseguidores) son la segunda pata que sostiene el tinglado. No han hecho nada por recuperar esa lógica de los mercados sino que han contribuido con sus decisiones a inflar la burbuja especulativa. Piensan que una ilusión de riqueza compartida por la mayoría, ayuda a ganar elecciones. Esos gobiernos, han permitido, además, que el sistema financiero, se gestione a través de bancos centrales supuestamente independientes pero que se han puesto al servicio de los especuladores. Cómo explicar si no, que su principal objetivo, elevado a la categoría de misión sagrada, sea controlar la inflación para eliminar la principal variable de incertidumbre en los mal llamados mercados financieros, y no la creación de empleo, que se supone es el objetivo que en mayor medida beneficia al conjunto de la sociedad.
El tercer grupo de colaboradores necesarios del sistema lo forman los propagandistas. Son un conjunto de medios de comunicación, grupos de presión y doctos académicos (negocionomistas) que se han encargado de justificar la perversa lógica de un sistema que ha enriquecido a una minoría a costa del endeudamiento desmesurado y la pérdida progresiva de poder adquisitivo de las clases medias y bajas.
Y, por último, la cuarta pata, la forman los consentidores, los que permiten que se haga algo pudiendo y debiendo estorbarlo. Somos todos nosotros. Los que por miedo, ignorancia, egoísmo o simple gilipollez hemos tolerado los desmanes. Y seguimos haciéndolo a pesar de lo que ha llovido desde que estalló la crisis. Así que dejamos que los lobos sigan cuidando el rebaño y permitimos, además, que nos aleccionen sobre lo que mejor conviene para preservar su bienestar. E incluso, estamos dispuestos a legitimarlos con nuestro voto en futuras elecciones.
De modo que los que reclaman soluciones simplemente tienen que pensar en un nuevo reparto de papeles. El protagonismo principal deben asumirlo los que ahora consienten. Somos mayoría. El sistema debe estar a nuestro servicio. Los demás actores no van a moverse de sus actuales posiciones.
O nos ponemos las pilas y comenzamos a movilizarnos o nos comerá el lobo.
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